Colección XIX: Performance

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Descripción / Sinopsis

Si algo distingue a los museos de arte contemporáneo, frente a otras instituciones culturales, es que se dirigen a los cuerpos de sus públicos. En un museo tradicional la experiencia del arte está dirigida hacia los ojos de cada espectador: la mirada, como el más noble e intelectual de los sentidos, sustituye al cuerpo entero, se convierte en su eufemismo. En museos como el nuestro, la experiencia apela a un cuerpo entero, con sus particularidades, sus deseos y sus diferentes posibilidades. La performance es la forma en la que en arte contemporáneo se denominan aquellas producciones artísticas que hacen del cuerpo, de sus articulaciones de presencia y de la temporalidad de sus acciones el centro de su propuesta.

En sus inicios, a finales de los años 60, estas prácticas sentaron los límites del cuerpo como medio artístico: la violencia sobre el cuerpo, sus fluidos como herramienta, la relación del cuerpo representado con la tradición visual del arte clásico, las prácticas feministas de recuperación el desnudo femenino como sujeto empoderado y no objeto pasivo, la presencia de los cuerpos racializados reclamando su visibilidad en la arena pública desde la agencia política, o incluso la posibilidad del cuerpo como herramienta de protesta en el espacio del activismo desde la acción artística. Esta historia pública arranca en la exposición con una historia personal: las pinturas que cuentan la historia del arte de acción según Xisco Mensua son una declaración de intenciones, ya que demuestran que cuando el cuerpo es el medio expresivo del arte, lo íntimo y lo privado pasan a ser públicos en un grado que introduce necesariamente el cuerpo en el campo de lo político, en la crítica de la representación. A él lo siguen grandes pioneros de la performance global en la Colección CA2M y la Colección Fundación ARCO que aquí custodiamos, como John Baldessari, Ana Mendieta, David Hammons o Carolee Schneemann. En esta primera parte, es fundamental comprender cómo las prácticas estéticas feministas abrieron un territorio nuevo para el uso del cuerpo como campo de batalla, haciendo de la performance su medio fundamental de expresión, así como también ocurrió con colectivos minorizados como los artistas afroamericanos.

La segunda y más dilatada parte de la exposición cuenta una fragmentada historia de la performance en Madrid. O quizá mejor desde Madrid. Arranca con artistas fundamentales como Esther Ferrer, Wolf Vostel o Muntadas, para rescatar en esos pioneros años 70 la presencia de figuras seminales foráneas como Allan Kaprow o Charlotte Moorman. Los años 90 estuvieron marcados por los espacios de experimentación e independencia gestionados por artistas, como el Espacio P de Pedro Garhel, pero también por la trascendencia de la crisis del sida, que colocó al cuerpo en el centro de las prácticas, con voces como Pepe Espaliú o la documentación de los procesos activistas que realizó Andrés Senra. Los años 2000 han visto una eclosión del medio, con nombres clave como Dora García, Itziar Okariz, Antonio de la Rosa o María Gimeno, pero también han dado paso a una idiosincrasia local fundamental: en el Madrid de la crisis de 2008 se ha producido una erosión de las barreras entre las artes vivas, las escénicas raras y la danza contemporánea con las llamadas artes visuales. De esa idiosincrasia singular aquí recogemos autores como Fran Cabeza de Vaca y María Salgado, María Sánchez o SEPA.

Pero esta exposición también responde a un doble argumento. A la vez que mostramos una posible historia de la performance contada desde nuestros fondos, desde la suma de fuerzas de la Colección CA2M y la Colección Fundación ARCO, queremos explicar cómo se colecciona aquello que está vivo, aquello que no es otra cosa que un acontecer, aquello que significa experimentar el cuerpo de otro con el cuerpo propio. Desde este punto de vista, la exposición es además un catálogo de formas de registro y documentación —como la fotografía, el vídeo, el dibujo o la narración— y un espacio para los residuos de acciones, para la notación que hace repetible una performance, para los accidentes que una acción provoca y para las formas de vida a las que ese tipo de acciones han abierto paso. En definitiva: esta exposición habla del efecto de la performance sobre la colección misma, de lo que los cuerpos pueden hacer a las colecciones al ponerlas en movimiento, al darles vida y convertirlas en una potencialidad que las abre a otros horizontes.

El centro de la exposición será ocupado por un programa público donde diversas performatividades y coreografías contemporáneas sucederán a momentos de discusión pública y estudio. Al fin y al cabo, ¿el ocurrir de los cuerpos en un espacio institucional no es ya de por sí una parte inmaterial de su Colección? ¿Acaso no es el archivo de experiencias de nuestras Picnic Sessions, de nuestro Festival Autoplacer, de nuestros procesos educativos, un recurso patrimonial de primer orden recogido por las memorias íntimas de quienes las han experimentado, pero también por las documentaciones públicas de sus eventualidades? Colección XIX: Performance quiere servir para cuestionar el límite de una colección en lo que a las artes vivas se refiere: nos permite entender cómo toda colección es Historia Potencial.

Uso público / privado
Público